He vuelto a leer un libro de mi niñez, “Momo” de Michael Ende. Un libro del que puede aprenderse mucho como adulto y, cuyas lecciones pueden aplicarse a cualquier aspecto de la vida incluido el laboral.

Empecemos por el gran don que tiene Momo. No es que sepa cantar, bailar, liderar o tenga una inteligencia extraordinaria (que quizá también). Su don es que sabe escuchar y cuando lo hace, como ella sabe, consigue que la persona a la que escucha saque lo mejor que lleva dentro y se convierta en una versión mejor de sí mismo. Y pensaréis… escuchar no es un don, lo hacemos todos. Incorrecto, lo que hacemos todos es oír. Escuchar, lo hacen muy pocos. Y escuchar de forma activa, todavía menos.

Sigamos con el mejor amigo de Momo, Beppo Barrendero, de igual profesión que apellido. En el siguiente extracto del libro hay lo que yo considero una gran lección de cómo afrontar tareas que requieren gran esfuerzo continuo y constante.

A Beppo Barrendero le gustaba su trabajo y lo hacía bien. Sabía que era un trabajo muy necesario. Cuando barría las calles, lo hacía despaciosamente, pero con constancia; a cada paso una inspiración y a cada inspiración, una barrida. De vez en cuando, se paraba un momento y miraba pensativamente ante sí. Después proseguía paso-inspiración-barrida.

Un día le explicaba a Momo: “Las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrás acabarla. Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. Y la calle siguen estando por delante. Así no se debe hacer.

Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente. Entonces es divertido; eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser.

De repente se da uno cuenta de que paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta cómo ha sido, y no se está sin aliento. Eso es importante.”

Parece una tontería pero esto yo lo he aplicado en más de una ocasión desde que leí el cuento de niña … y lo sigo usando a día de hoy cuando voy de caminata por el monte con mis amigos y una subida se me hace demasiado dura. En estos casos, jamás levanto la mirada a la cima, simplemente me concentro en el siguiente paso… y a mí, sinceramente, ¡me funciona!

Por último, en la historia está lo que ahora interpreto como una lección acerca de la conciliación entre la vida personal y laboral, entre el deber y el placer, y cómo nuestra felicidad está en encontrar el correcto equilibrio. En la historia, existen unos malvados hombres de traje gris que trabajan para el Banco Central de Tiempo. Estos hombres grises convencen a la gente para que ahorren tiempo para el día de mañana. ¿Y cómo se ahorra tiempo? No haciendo nada de lo que ellos consideran una pérdida de tiempo: visitar amigos, charlar con gente, jugar con tus hijos, reír contando historias, etc. Solo se debe trabajar y trabajar para conseguir más y más cosas. Los hombres grises existen o viven de ese tiempo robado a los hombres. Como consecuencia de esta nueva forma de vida, en la ciudad de Momo, la gente se vuelve cada día más infeliz. Ella será la encargada de devolver el tiempo robado a la gente, acabar con los ladrones de tiempo y restaurar la antigua forma de vida.

Estas son las reflexiones que yo he extraído del libro, pero seguro que hay otras muchas. Las tuyas serán bienvenidas en los comentarios…